Crónica de un fin de semana en Granada

Normalmente os diseccionaría nuestro viaje de manera que os pudiera ser lo más útil posible de cara a planear el vuestro, pero con este viaje me tenéis que permitir que adopte un formato muy diferente. No os contaré qué ver o dónde comer, ni siquiera me detendré a hablar de las curiosidades de cada parada (y eso que como ya sabéis es una de mis debilidades y donde más me enrollo). En su lugar, os contaré una historia, una crónica del viaje, con sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas.

Para poneros en contexto, era jueves, concretamente jueves 15 de junio, y nuestro avión acababa de aterrizar en el aeropuerto de Granada. Nuestro plan era redondo: queríamos relajarnos y disfrutar, sobre todo, de las famosas tapas granaínas (archiconocidas sobre todo por su precio). En otras palabras, nosotros íbamos “de tranqui”.

Para muchos, el primer encontronazo del viaje quizás fue que el conductor del autobús prefería llenar el vehículo al completo antes de respetar el planning de los que estaban dentro. Pero íbamos “de tranqui” y, aunque había gente a la que claramente no le gustó el gesto, nosotros lejos de enfadarnos le hubiéramos dado al señor una chapa que pusiera “conductor eco-friendly”.

Cuando llegamos al hotel comprobamos por segunda vez que el carácter granaíno nos iba a encantar. Nos alojamos en la Pensión Londres, un hostal en plena Gran Vía de Colón y cuyo ambiente familiar nos encantó. El dueño nos facilitó toda la información que necesitábamos y más consejos de los que esperábamos, incluso nos supo recomendar un bar vegetariano en Granada (y yo que pensaba que eso iba a ser imposible de encontrar).

Después de cenar en un restaurante llamado Los Manueles, un bar céntrico con muy buen ambiente, nos dispusimos a dar nuestro primer paseo nocturno por la ciudad (teniendo en cuenta las temperaturas suponíamos que habría muchos de estos paseos acompañados de muchas siestas debajo del aire acondicionado). Justo en estas fechas se estaban celebrando las fiestas del Corpus así que en la Plaza de Bib-Rambla pudimos no sólo disfrutar de un espectáculo flamenco sino de las tradicionales carocas granaínas. ¿Qué son las carocas? Básicamente, son un repaso a los titulares del año en forma de viñeta humorística, pero una imagen vale más que cualquier definición:

CAROCA GANADORA DE 2017

Al día siguiente, viernes, tocaba el plan estrella del viaje: visitar La Alhambra, pero si nos considerabais de esos viajeros previsores, es hora de desmentirlo: no, no habíamos comprado las entradas con antelación. Así que a las 6 de la mañana nos despertamos pensando que nadie habría madrugado más que nosotros para llevarnos la sorpresa de que cuando llegamos a La Alhambra la cola ya daba dos vueltas. Por suerte, existe una segunda cola, la del pago con tarjeta, en la que no había tanta gente. ¿Nuestra estrategia? Dividirnos, por si las moscas, aunque claramente ganó la cola del pago con tarjeta. Ni que decir tiene que La Alhambra nos enamoró, pero os dije que en esta entrada no entraría en esos datos, así que ahí queda para si algún día me apetece escribir una entrada dedicada sólo a este monumento.

PRIMERO LA VISITA AL GENERALIFE

SI NO TENGO MIL FOTOS DEL PATIO DE LOS LEONES NO TENGO NINGUNA

Desandamos la subida que hicimos de madrugada sin prisas, ya que ahora tenía un color diferente (no sólo por la luz que no había al subir sino por las tiendas abiertas) y comimos en el “Restaurante Morillo”. El menú nos pareció barato (sobre todo teniendo en cuenta que estaba en pleno camino a La Alhambra) y todo estaba muy bueno. Aquí probé la Tortilla Sacromonte, una tortilla que lleva su nombre en honor de este barrio de Granada y a la que yo mutilé pidiéndola sin jamón (que cosas tenemos a veces los vegetarianos, ¿eh?)

Así llegamos a la hora de la siesta, que teniendo en cuenta los cerca de 40ºC, nos supo a gloria bendita. Conforme se fue escondiendo el sol, un nuevo paseo, cena y directos al Recinto Ferial, que no nos lo íbamos a perder siendo fiestas (y qué fiestas, yo nunca había visto una feria tan grande).

Hasta ahora quizás os preguntáis, ¿por qué ha cambiado el formato? Esto acompañado de un mapa y un poco más de detalle es una entrada común en este blog… Pues bien, la cena marcó la diferencia, o más que la cena en sí, lo que pasó en nuestro estómago después de intentar digerirla. No os diremos el nombre del bar (porque al final no creo que fuera culpa del sitio en sí, y las tapas estaban muy buenas y muy, MUY, baratas), pero si os daremos un consejo que se aplica a cualquier situación: cuando hace tanto calor, huid de las salsas, sobre todo de las salsas con huevo. Supongo que no hace falta decir más así que sí, así fue como pasamos el sábado… y parte del domingo.

Por suerte, pudimos cambiar la reserva que teníamos para los baños árabes del sábado al domingo y ese día hicimos nuestros primeros intentos de salir del hotel. Por la mañana llegamos hasta la Capilla Real, la vimos y dimos nuestra hazaña por suficiente (y con nada en el estómago ya me parece suficiente…).

Por la tarde nos alejamos de nuestra zona de confort (léase: el baño más cercano) lo suficiente para llegar al mirador de San Nicolás. Desde aquí se consiguen muy buenas vistas de la Alhambra, pero hay que tener paciencia. Nosotros empezamos pensando que tendríamos que ver el atardecer desde tercera fila, pero si esperáis un poco veréis que la gente va desertando (eso o que ellos no venían con la misma intención que tú de quedarse hasta que iluminasen La Alhambra).

LA ALHAMBRA DURANTE EL ATARDECER

De bajada no pudimos resistirnos a entrar en una de las innumerables teterías que fuimos encontrando, pero nuestro objetivo era otro: íbamos camino al Hammam de Granada. Por suerte, a estas alturas ya teníamos suficiente independencia con respecto a los otros baños, los que no son árabes, para relajarnos y disfrutar de un lujo que esperamos repetir en el futuro.

Así fue como llegamos al lunes frescos como una rosa, y con suerte con algún kilito de menos; pero habiendo aprovechado nuestro viaje menos de lo que nos hubiera gustado. Aunque veníamos “de tranqui”, ¿no? Aprovechamos la última mañana libre para visitar la Catedral (que, todo sea dicho, nos gustó mucho más que la Capilla Real) y hacer las últimas compras del viaje (como el té, no podía faltar el té). Eso e ir al restaurante vegetariano ya que, después de la sorpresa de su existencia, no podíamos irnos de la ciudad sin pasarnos por ahí. Es más, la sorpresa fue mayor al ver la variedad de planos vegetarianos, veganos e, incluso, crudiveganos, que había en la carta de El Tablón Verde.

UNA DE LAS CATEDRALES MÁS DIFÍCILES DE FOTOGRAFIAR QUE HE VISTO

Lo más gracioso de este fin de semana es que después del encontronazo con una intoxicación alimenticia, Granada nos encantó, ¿cómo puede ser eso posible? Con enfermedad o sin ella, la ciudad merece una visita y las tapas merecen ser probadas, pero si hace calor sin alioli, por favor. ¿Os habéis enfermado en algún viaje? y, en caso de que sí, ¿pudisteis disfrutar del viaje a pesar de ello?

 

Related posts

Leave a Comment